Un camino de esperanza

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Mi nombre es Aurora y he querido compartir mi historia en relación a la urticaria crónica para concienciar sobre la enfermedad, transmitir mis deseos y necesidades como afectada, y ayudar a otras personas que también la padecen.

Desde hace 7 años resido en Castelldefels. Siempre he vivido en Barcelona, pero pertenezco a una de esas familias que habitualmente llaman disfuncionales o conflictivas. Es por eso que vivo aislada, apartada de ellos.

En el 2012 nació mi primer hijo y poco tiempo después empecé a padecer urticaria. Apareció de repente, el 8 de agosto de 2013, mientras iba en bicicleta con mi hijo de un año y medio. Me comenzó a picar todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. No entendía qué me estaba pasando. Llegamos a la playa y me metí en el mar. Cuando salí tenía un brote tan terrible que me sentí un monstruo. Las personas que pasaban por allí me miraban como a un bicho raro y no sabía dónde meterme.

A partir de ese día empezó la tortura. Cada vez que me desplazaba a algún lugar, cuando realizaba un mínimo esfuerzo, en cualquier situación me brotaba por completo. Pero lo peor no era que las personas me vieran brotada. Para mí lo peor era el picor, porque me picaba literalmente todo. Es como estar envuelta en una manta de ortigas.

Conforme los días fueron pasando me fui “acostumbrando” o adaptando, por decir algo, pero realmente estaba enfadada, irritable y me costaba salir a la calle.

En varias ocasiones tuve que ir a urgencias, donde me mandaban medicaciones y más medicaciones, pero no conseguían calmar ni detener los brotes.

Me estaba hundiendo. En todo este camino me he sentido muy sola. Además no podía ni coger a mi hijo en brazos porque a la mínima me brotaba. Lo cierto es que fue una especie de tortura, y además vivida en silencio, porque a pesar de todos los médicos que me visitaron, nadie sabía decirme ni explicarme qué me estaba pasando.

Al final, un día le dije a mi doctora de cabecera que no podía más. Y fue entonces cuando me derivó al especialista del hospital de mi zona. Allí les dije que no iba a tomar más antihistamínicos porque no me calmaban la urticaria. Valoraron mi caso y me derivaron a otro hospital. Y allí me pautaron omalizumab. Desde entonces no he tenido más brotes, pero noto que, de alguna manera, esta medicación me genera otras consecuencias a nivel físico y psíquico, quizás más imperceptibles y lentas, porque siento que ya no soy la misma de antes.

Es muy duro y difícil convivir con una enfermedad como la urticaria crónica, pero poco a poco se aprende. Yo espero y deseo que algún día encuentren una cura definitiva. Me gustaría transmitir que es importante que se hable más de la enfermedad en todos los medios, no solo a través de la redes sociales, sino de forma presencial, directamente a las personas afectadas.

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Sobre Aurora

Aurora tiene 37 años, es madre de un niño y su mayor afición es aprender a vivir. En su tiempo libre hace psicodanza y teatro.

La ilustración con la que acompaña su testimonio representa: “una persona rodeada de un manto verde de ortigas que cubre el cuerpo enrojecido por el picor que produce la urticaria. El cabello son las lágrimas por la tristeza de verse en vuelto en esa sensación de picor y la oscura soledad con la que se vive -porque los demás que están al lado y no la padecen no pueden entender por completo el malestar que se puede llegar a sufrir-. La luz en forma de corazón es el deseo y la esperanza de que algún día se podrá curar”.